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Profesores

Ana y José vieron a sus alumnos como hijos, sobre todo cuando quedaban huérfanos

¿Hasta dónde puede llegar el amor a la profesión?, Dos profesores arriesgarón sus vidas cada mañana para impartir clases en escuelas de áreas rurales ubicadas en zona de combate durante el conflicto armado.

Nancy Hernandez

Docentes

Ana Vedia Figueroa de Girón, de 73 años de edad y José Alberto Girón. de 71 años, tienen casi 48 años de matrimonio y cientos de anécdotas que pasaron juntos, cuando intentaban llegar hasta sus alumnos, en la época de guerra-
Dieron clases a pesar de que afuera estallaron las bombas, había lluvia de balas, gritos y lamentos.

Cada mañana emprendían su camino, desde su casa, ubicada en Aguilares hasta las escuelas. Ver cadáveres fue parte de las escenas del recorrido.

“Ve allá está alguien tirado… mira este está muerto … allá está fulanito de tal o menganito”, eran frases comunes durante esa época, recuerda el profesor José Alberto.

Él su esposa se acostumbraron a ver personas colgadas de algún árbol, cercos o tirados en las aceras y cunetas de las calles.

“El trabajo era lo más importante, teníamos que estar ahí hasta el final”

“Quizás eran como las 8:30 de la mañana, yo estaba en un salón cuando vi que entró un perro y en el hocico llevaba el brazo de una personas. Eso me horrorizó”, recuerda la maestra Ana Vedia.

En 1979, Ana Vedia era directora de la escuela del caserio El Libano, ubicado en Aguilares. Ella impartía clases de primero a sexto grado en la escuela de ese cantón.

Ella explica que el lugar fue zona de combate lo cual causó que las personas poco a poco se fueran retirando de sus casas.

“Éramos tres profesores, los dos compañeros se fueron y me quedé solo yo. La gente salió de sus casas porque sintieron miedo cuando se empezaron a encontrar tres, cuatro o cinco muertos entre las casas del caserío”, narra Ana.

Los habitantes se fueron, ya no quedó nadie a quien darle clases.

Sin embargo, ella continuó viajando durante dos meses a la escuela porque acababa de ser amueblada y la infraestructura sustituida, por lo que ella como directora sentía la responsabilidad de estar cuidando los inmuebles.

“Como maestra me dolía dejar todo eso porque nos había costado para tener toda la escuela bien bonita, bien amuebladita y así de la nada se perdió todo”.

Ella recuerda la soledad que respiraba en la escuela, extrañaba los gritos de los niños, el sonido de la campana que marcaba la hora de salida y entrada a las clases, la hora del recreo. Su única compañía fue un niño de 10 años de edad, quien era sobrino de su esposo.

Alumnos

La escuela tenía un “gran corredor” y ella salía a sentarse en una esquina justo abajo de la campana.

“Cuando empezaban a oírse los balazos en la calle o cerca de la escuela agarraba al niño de la mano, buscábamos los escritorios y nos metiamos debajo para protegernos de las balas. El niño me decía: seño, vámonos de aquí, pero yo tenía que estar ahí”, explica.

Ana sentía miedo que le fuera a pasar algo a ella o al niño que la acompañaba. Sin embargo, cada mañana estaba sentada bajo la campaña.

“Veía a los vecinos de la escuela cuando pasaban con sus cosas porque se iban, ellos me decían que también me fuera y dejara la escuela. Pero mi deber era estar ahí”, dice 25 años después de aquella época difícil.

Fue el perro que entró con el brazo en el hocico lo que impulsó a Ana a abandonar la escuela. Después de ese hecho, ella se presentó a la oficina de Supervisión de Educación para reportar su retiro de la escuela.

Luego de 22 días fue asignada a otra escuela de una zona rural llamada Modesto Barrios.

La situación del país seguía igual y aunque sabía que iba a correr riesgo siempre que saliera a dar clases, decidió seguir.

“Aún con tanta dificultad yo no abandoné mi trabajo y seguí hasta el último momento. Me daba sentimiento cuando me acordaba de los niños y de los padres porque se les tomaba cariño” dice la profesora.

“Fue una situación difícil, pero no teníamos de otra porque teníamos necesidad de nuestro trabajo. Solo quedaba encomendarse a Dios y pidirle regresar con vida”, confiesa el esposo de Ana.

José tiene 16 años de estar jubilado e impartió clases durante 33 años. Él describe esos tiempos como “días de constante angustias”, ya que sabía que tanto su esposa y él estaban expuestos al peligro.

Cada mañana iba a dejar a Ana Vedia para que impartiera clases y él seguía su camino hacia la escuela donde trabajaba, ubicada en el caserío El Trapiche del Cantón San Lucas del municipio de Suchitoto en Cuscatlán.

Ahí trabajó desde 1978 a 1982.

En septiembre de 1982 la escuela cerró porque los bombardeos y enfrentamientos entre la Fuerza Armada y la guerrilla se volvieron más frecuentes.

“Ahí era zona conflictiva y se podía poner peor, estaba en peligro la vida de los niños y la mía”, recuerda el profesor.

En octubre de 1983 fue trasladado para impartir clases en la escuela rural mixta del caserío San Francisco del cantón San Lucas, pero tres semanas después tuvieron que retirarse junto con los cuatro profesores que lo acompañaban y los alumnos.

“Llegaron dos encapuchados y nos dijeron que nos retiraramos porque podían haber problemas y podían padecer los niños y nosotros, también”, expone.

José Alberto, aseguró que situaciones similares se presentaron durante los 12 años de la guerra civil, pero estos hechos no evitaron que él siguiera dando clases a los niños de primero a sexto grado.

Relata que la preocupación era constante porque estaba conciente que su esposa corría peligro, así como su hijo de siete años de edad, a quien iba a dejar a la escuela todos los días.

Después de casi 25 años de la Firma de los acuerdos de Paz, José Alberto recuerda que cada mañana al salir de su casa y durante el camino le pedía a Dios que su esposa, hijo y él volvieran con vida a su hogar.

Las plegarias no faltaron en su diario vivir.

“La necesidad lo hace a uno arriesgarse, quería ser un hombre responsable, ya tenía a mi chiquitín… no quería dejar desamparada a mi familia, pero la necesidad lo hace a uno exponer la vida, son cosas bien difíciles que pasaron”, dice con voz quebrantada y las lágrimas bajando por su pómulos.

En febrero próximo el matrimonio cumple 48 años de casados, ambos aseguran que los años dedicados a la docencia fueron las mejores épocas de su vida, puesto que recibir el amor de los niños y padres.

Vieron a sus alumnos como hijos, sobre todo cuando quedaban huérfanos porque a causa de la guerra quedaron sin padres.

“Uno a sus alumnos los quiere como que fueran sus hijos, uno se encariña de ellos”, dice el profesor José Alberto.

Consejos para los profesores actuales

La pareja de esposos comentan que para ellos la época del conflicto armado fue muy difícil, pero aún así siguieron trabajando por amor a su profesión.

En la actualidad lamentan que a causa de la situación de inseguridad y violencia del país los alumnos y docentes corran peligro.

Sin embargo, aseguran que como en aquella época el secreto para sobrevivir es “encomendarse a Dios” y apartarse de grupos delincuenciales.

“Deben de tratar (los maestros) de comportarse y dar el ejemplo a sus alumnos. Es necesario que se aparten de grupos y aconsejen a sus alumnos para que también se aparten”, dice José Alberto.

Ana Vedia recomienda a quienes ejercen la docencia que tengan en cuenta a Dios, sean responsables y procuren el bienestar de los alumnos.

Mario Surio