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Pérdidas económicas cuantiosas

Pierde la tienda y el ganado

Pérdidas económicas cuantiosas por la ayuda “voluntaria” que Agustín Santos Orellana daba tanto a la tropa como a los guerrilleros. Negarse no era ninguna opción

Enrique Maldonado

Pérdidas económicas cuantiosas

No era por simpatía con el ejército ni con la guerrilla. Era simplemente cuestión de sobrevivencia en una época en la que una simple confusión por el apoyo hacia cualquier bando significaba una sentencia de muerte.

Agustín Santos Orellana lo sabía muy bien. Por esa razón atendía los llamados a colaborar que le hacían tanto la tropa como los guerrilleros cada vez que llegaban al cantón Las Quebradas, en San Simón, al norte de Morazán.

Es en este lugar donde con esfuerzo había conseguido montar una pequeña tienda para sacar adelante a su familia, además del ganado que habían logrado reunir. Esto es a inicio de la década de los 80.

Poco a poco la violencia fue recrudeciendo y los combates entre los militares y las fuerzas irregulares eran más frecuentes en el municipio. La incertidumbre de morir en una de esas balaceras era constante.

“Fueron alrededor de seis meses (de enfrentamientos). Cuando ya no aguantamos, nos vinimos al casco urbano (de San Simón) y estuvimos unos cuatro meses”, recuerda Orellana.

Ese traslado implicó buscar a alguien que les alquilara una casa para toda su gente. En Las Quebradas ya no se sentían seguros.
Aunque lograron ponerse a salvo en ese tiempo, sufrieron grandes pérdidas. Prácticamente todo el patrimonio que con esfuerzo habían levantado. “Se comieron los animales”, dice con cierto dejo de amargura.

“Pero nos regresamos al cantón, a reparar todos los daños que habían ocasionado”. Ese periodo de la guerra “nos afectó en lo económico”, afirma. Calcula las pérdidas sufridas en unos 60 mil colones. Además de lo material, lo más grave de todo fue el impacto en los niños “al ver tanta persona muerta”.

La renta de la época

En los primeros años de la década de los 80 fue sometido a un persistente acoso por parte de los guerrilleros, quienes le exigían un “aporte” de 20 mil colones, además de botas y resmas de papel, cuenta Orellana.

“Tenía una tienda y (cuando llegaban), se comían la mercadería. Y no decían nada por miedo (a que me mataran). Pero teníamos que enjaranarnos para cumplir con lo que pedían”, recuerda.

Ese temor no era solo a raíz de lo que le exigían y prácticamente confiscaban sino, además, el ser tildado de un colaborador con los insurgentes y meterse en problema con las autoridades.

Hay más. El ejército también se cruzaba por el municipio y alrededores. En esas incursiones “nos obligaban a peinar (chapodar) todo San Simón con machetes, para no dejar espacio donde se escondiera la guerrilla”.

Aportes según necesidades

Esta era otra razón que también mantenía inquieto a él y a otras personas que mochaban los zacatales a petición de los militares. Sabían que en cualquier momento podrían tener un reclamo de las fuerzas irregulares por apoyar a los de verde olivo. Y ese apoyo a podría llevarlos a la tumba.

La casa de Orellana no era la única a la que demandaban respaldo a los combatientes, “éramos al menos seis familias a las que nos obligaran a dar (aportes a la guerrilla)”.

Los aportes eran variados, de acuerdo con la necesidad que se les presentara a la tropa o fuerzas irregulares.
Orellana recuerda que en los primeros años del conflicto armado tenía un pequeño camioncito con el que se apoyaba para los trabajos de su casa y negocio. “Un día que venía de trabajar me los encontré (a los guerrilleros) en la casa y uno de ellos me dijo que debía llevarlos hasta la antena del cerro Cacahuatique, a unos 15 kilómetros del poblado.

Recuerda que en esa ocasión uno de los guerrilleros se le acercó a preguntarle por qué no se iba con ellos a pelear contra el ejército. “Les respondí que tenía muchos niños. Entonces me quedé”. Ya no hubo más insistencia por que tomara el fusil y se fuera a la montaña, a la clandestinidad.

Se quedó y continuó al frente de su hogar, en la lucha por sacar adelante a su gente en medio de la incertidumbre de cuál sería la siguiente exigencia de uno u otro bando. De que en cualquier momento, al transitar por la entonces polvorienta calle que conduce al poblado, quedara atrapado en fuego cruzado y perder la vida.

Rechazar el fusil y la clandestinidad fue, tal vez, una de las pocas oportunidades en las que abiertamente pudo decir no a uno de los bandos. Sin embargo, le fue imposible dar la misma respuesta cuando los guerrilleros le dijeron que debía moler maíz para darles hasta 500 tortillas cada cuatro días. Lo peor es que “todo eso salía de la bolsa de uno”.

Fue una época muy difícil, de grandes pérdidas económicas. A pesar de ello, se mantuvo firme en su pueblo y cantón, trabajando a diario como podía. Con el tiempo pudo ver la finalización de la guerra civil.

Un cuarto de siglo después de que callaran oficialmente los fusiles, “San Simón está más en paz, pero hay mucha necesidad en lo económico”.

En todo este tiempo, “algunas personas ya superaron los traumas (del conflicto), pero otras no”.
El mensaje de Orellana para los sansimonenses y salvadoreños en general es que “ya no busquemos la división sino la paz”, pues siempre hay familias que sacar adelante. En lugar de tanta discordia propone aunar esfuerzos por “rescatar nuestro país de tantas cosas que ha habido”.

Considera que ya es tiempo de superar todo y, especialmente, de convertirnos en una guía “para los que vienen creciendo, pues si seguimos así vamos dando mal ejemplo a los niños. Busquemos la concordia para dejar un mejor país a ellos”.

Mario Surio