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superviviente de la guerra civil

“Vivimos una experiencia bárbara Y no la queremos repetir”

Rosa Miriam Arteaga Guardado, superviviente de la guerra civil que golpeó a El Salvador, comparte su historia a pocos días del 25o. aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz

LISSETTE ÁBREGO

superviviente de la guerra civil

Rosa Arteaga dice que fueron unas 30 familias las que se quedaron en el pueblo porque no tenían dónde ir. Por dos años, el casco urbano no contó con el servicio de agua potable ni energía eléctrica. Foto Mas!: Marlon Hernández

Los primeros rayos del sol iluminan Suchitoto, en Cuscatlán, tal y como si se tratasen de enormes reflectores que dejan al descubierto el esplendor del Lago Suchitlán, la iglesia, el parque, sus pintorescas calles y antiguas casas. En una de las más humildes está Rosa Miriam Arteaga Guardado, de 63 años, conversando con su familia luego de preparar un modesto desayuno, pues dice la economía familiar no da para más.

Asegura que eso es producto del conflicto armado que vivió el país, hace más de tres décadas, pues todo se perdió en el municipio: no hay trabajo y el costo de la vida es cada vez más alto.

A su edad, esta mujer sonriente, amable, sencilla y trabajadora, ha sabido sortear las dificultades de la vida y sacar adelante a su familia.

Rosa nació y se crió en el barrio Santa Lucía, en el casco urbano, junto a sus padres y nueve hermanos, con quienes vivió una infancia tranquila, sana y bonita. En aquel tiempo, afirma, la zona era muy productiva, porque la gente se dedicaba a trabajar, la mayoría en el rubro del comercio, la ganadería y la agricultura. Fue gracias a este último que sus padres llevaron el sustento diario al hogar.

Cuscatlán

Además de esos recuerdos, su mente evoca aquellos que la hacen tomar una pausa para evitar que de sus ojos broten lágrimas al acordarse cómo su pueblo, y el país, comenzaron a sufrir producto de la guerra. Fue en cuestión de meses que una atmósfera de violencia envolvió a El Salvador, marcando un antes y un después en la historia.

Para ese entonces tenía 28 años, era madre soltera de una bebé de cinco y se ganaba la vida vendiendo cocteles en el mercado del municipio; pese a la pobreza, afirma que estaba saliendo adelante.

“Empezamos a sufrir cuando se puso fuerte la guerra. Dejamos de trabajar, ya no se podía salir porque empezaban a matar a la gente”, relata. Y es que Suchitoto fue escenario de frecuentes combates armados entre la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

El conflicto se extendió, por lo que a diario los civiles corrían el riesgo de morir al quedar en fuego cruzado. “En el bus venía de comprar y empieza la balacera, desde el puente Las Guaras hasta que llegamos aquí, a La Cruz, otra balacera”, cuenta, por suerte nadie murió; sin embargo, no tuvieron la misma suerte los usuarios de otra unidad que fue atacada frente al parque, donde quedaron decenas de cadáveres en el portal.

Sin un lugar donde ir

sonriente, amable, sencilla y trabajadora

Según Rosa, la etapa más difícil del conflicto fue al inicio porque todos los días habían enfrentamientos, en cualquier parte, y mucha gente murió.

“Los muertos no se velaban, porque, ¿quién iba a ir a una vela? A veces, los velaba solo la familia y solo ellos los iban a enterrar, porque daba miedo”, relata y agrega que en esa época fueron pocos los que se quedaron. “No nos fuimos porque no teníamos dónde ir, no teníamos ni para transporte contimás para irnos para otro lado”, sonríe.

Como medida de seguridad dormían en una sola casa, bajo las mesas y camas, ante el riesgo de ser víctimas de una bala perdida o una explosión. Mientras, en el día las calles permanecían desoladas y la gente únicamente salía para ir al río en busca de agua, conseguir alimentos o pasar por la iglesia.

Recuerda que muy pocas vendedoras llegaban al mercado luego de que la guerrilla dinamitó el puente Las Guaras, entre San Martín y Suchitoto, pues no tenían cómo transportar la mercadería.

A pesar de que había productos, los vecinos no tenían dinero para comprarlos, pues desde que comenzó el conflicto el trabajo escaseó. “Durante la guerra todo se perdió, sobrevivimos porque venía la Cruz Roja a darnos maíz, frijol y leche”, añade.
Hoy en día Rosa da gracias a Dios porque nadie de su familia murió y porque ninguno de sus niños fue reclutado por la guerrilla, que solía llevarse a los que tenían 12 años o más. Tanto ella como sus vecinos aseguran que la guerra fue un verdadero infierno, no podían ir a trabajar, los niños pedían comida y no tenían nada para darles.

La transición de la guerra a la paz tampoco fue fácil, admite, pues poco antes que se diera la firma de los Acuerdos de Paz los enfrentamientos continuaban. Pese a ello, estaban felices porque creían que tendrían la oportunidad de rehacer su vida. Para ese entonces ya tenía tres hijas, estaba acompañada y se dedicaba a lavar y planchar ajeno.

Tras la firma del documento, en Chapultepec, México, muchos regresaron a sus casas, la actividad comercial fue retomada y el municipio se convirtió en un destino turístico; empero, mucha de su gente sigue sufriendo las secuelas del conflicto, pasando necesidades porque las fuentes de trabajo aún son escasas, incluso para los jóvenes. En esa situación están la familia de Rosa y sus vecinos.

Mario Surio