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Lo primero era proteger a toda la familia

En Torola, Morazán, había mucho movimiento comercial antes del conflicto armado y cuando se intensificó, Francisco Cruz buscó la manera de proteger a su gente. Se fueron del pueblo y con mucho esfuerzo lograron salir adelante

Enrique Maldonado

 

La familia era lo primero para Francisco Cruz durante el conflicto armado. No solo ponerla a salvo sino también garantizar que los hijos continuaran su estudios en una época en que no era remoto quedar atrapado en medio de balaceras.

Los enfrentamientos entre el ejército y guerrilleros arreciaron en Torola, Morazán, y sus alrededores en los primeros años de la década de los 80. Hubo incursiones militares y tomas del pueblo por parte de los combatientes al margen de la ley.

Acostumbrado a trabajar para salir adelante, poco a poco se multiplicaron las dificultades y Torola se volvió inseguro. “Era algo terrorífico poder vivir aquí, uno temía por sus hijos. Tuvimos que irnos”. Don Francisco recuerda que fue en el 82, cuando el pueblo fue tomado por la guerrilla, que “se puso más difícil seguir trabajando. Entonces decidimos irnos”. La familia era primero.

Es así como iniciaron un largo camino en busca de tranquilidad. Salieron a pie, rumbo a Carolina. “Estuvimos unos días en el cantón San Diego, luego (nos fuimos) a Carolina. De allí salimos a San Miguel a empezar de nuevo. Todo quedó abandonado”, relata.
Y agrega: “Nosotros procuramos siempre mantener neutralidad, para no tener problemas ni con un bando ni con el otro. Así fue la situación que nos tocó vivir. Llegamos a San Miguel a empezar de nuevo, a luchar y, gracias a Dios, salimos adelante”.

Explosiones

Sobre las razones que terminaron por convencerlos de que la mejor opción era salir de Torola, don Francisco recuerda que “los aviones pasaban bombardeando seguido. Cuando uno salía a la acera de la casa, veía pasar los aviones y al rato, (se escuchaban) los bombazos”. Esas explosiones afectaron a mucha gente, hubo heridos.

Fue uno de esos bombazos que tumbó por completo su casa en Torola. Para entonces ya no vivían en el pueblo.

“Esta casa fue destruida por los aviones. Tuvimos que reconstruirla después de la guerra, tras regresar allá por el 91, cuando estaba el proceso de la firma de la paz. En el pueblo todavía estaba la guerrilla, pero ya estaban en los arreglos de la desmovilización. Ya no había combates”.

 

La partida a San Miguel fue la segunda vez que dejaron el pueblo contra su voluntad. Dos años antes, en 1980, les ordenaron evacuar el casco urbano y alrededores. La Fuerza Armada reunió a toda la gente para informarles que debían irse hacia Perquín solo con lo que pudieran cargar.

“Decían que estaba peligrosa la zona, había que evacuar por el peligro que corrían nuestras vidas”. Y se fueron todos a pie. Pero les advirtieron que si había disparos, se tendieran a la orilla de la calle. Y hubo balazos, “por eso fue tardada la llegada a Perquín”. Además, iban pendientes de sus hijos, entre ellos la mayor de 15 una niña de cinco.

Muchos de los cientos de personas forzadas a dejar sus hogares no tenían dónde llegar a Perquín. No había un campamento ni nada preparado y les tocó quedarse a la intemperie, en la calle.

De ida y vuelta

“Estuvimos unos ocho días y luego nos ordenaron que regresáramos. Seguimos trabajando”.

Antes del conflicto armado Torola era un punto de encuentro de vendedores y compradores. “Era una época con comercio bastante bueno, uno tenía esa afluencia de gente de los cantones y de Honduras los domingos. Se vendía mucho”. Las balas ahuyentaron a mucha gente y se deprimió la actividad económica local.
Don Francisco siguió en su negocito y recuerda que “si uno quería ir a traer para la venta, había que salir por Carolina, a pie o en bestia”. La ruta de San Francisco Gotera y Perquín estaba prácticamente cerrada, pues el ejército “no dejaba pasar nada en los retenes”.

El viaje a Carolina, en San Miguel, era por una calle bastante mala, a pie y con bestias de carga. Además, Había que pasar el río Torola y en invierno la corriente era fuerte.

Por eso hacían el cruce en canoa por un vado ancho. “Allí había una barca pequeña donde pasábamos las bestias. Pagábamos un colón por estas y 50 centavos por persona. Así se siguió trabajando” hasta que abandonaron todo.
Casi una década después regresaron. Levantaron de nuevo la casa y siguieron en el empeño de sacar adelante a sus hijos. Lo lograron.

Alejandro Ibarra