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La Selecta que detuvo las balas

La Selecta que detuvo las balas

Entre 1980 y 1982, en lo más crudo del conflicto armado en El Salvador, un grupo de futbolistas cuscatlecos se clasificó a una Copa del Mundo y su valor unificó al país

Carlos Vides | Twitter: @Celvides

La Selecta que detuvo las balas

Pegamento. Oasis. Trinchera. Escape. Esto y más fue la Selección en los 80, el único elemento capaz de unificar a un país que se desangraba en el conflicto bélico nacido de sus propias entrañas. Eso era la Selección Nacional Mayor de El Salvador.

La historia la escribieron los 24 jugadores que firmaron la gesta de clasificarse al Mundial de España 1982, el segundo de nuestra historia tras México 1970. Un boleto que desde entonces no ha podido repetirse. Bajo el mando técnico de la tripleta formada por Mauricio “Pipo” Rodríguez, Salvador Mariona y José “Chepe” Castro, lucharon hasta llegar a la inolvidable hexagonal de Concacaf disputada en Honduras, en Tegucigalpa, en noviembre de 1981.

Antes, tuvieron que superar la clasificatoria centroamericana, entre julio y diciembre de 1980. Es decir, jugaron apenas un par de meses después del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, ocurrido el 24 de marzo de 1980, lo que desató uno de los momentos más cruentos del conflicto en el país.

Costa Rica no quiso venir a jugar a El Salvador, pues consideró que no había condiciones de seguridad. El olor a pólvora pudo más que los ticos, y FIFA dictaminó triunfo de 2-0 para la Azul y Blanco. Todos los demás equipos del área sí vinieron al Pulgarcito de América, y todos salieron derrotados. El Salvador avanzó.

Ya en suelo catracho, en el hexagonal final, los salvadoreños iniciaron con pie izquierdo al caer ante Canadá; pero luego le ganaron 1-0 a México (gol de Éver Hernández, tras la corrida inolvidable de “Mágico” González por izquierda), empataron con Cuba y Honduras, y derrotaron a Haití. El boleto quedó en suspenso, a la espera de los dos partidos del 21 de noviembre de 1981, pues El Salvador ya había terminado sus cinco juegos… y llegó el boleto al Mundial junto a la propia Honduras, que nos hizo el “favor” de empatar sin goles frente a los aztecas.

Con el tiempo, esta hazaña luce más como eso, una gesta enorme. Fueron jugadores que lograron el objetivo deportivo en medio de balas, asesinatos y cadáveres; entre bombas, ráfagas y secuestros de ambos bandos. Por eso es importante hacer memoria de cómo lo consiguieron, los valores que tenían, de dónde sacaban su coraje. Su ejemplo debe servir para nuevas generaciones de futbolistas y para la sociedad en general, para reflexionar, aprender y crecer.

Hablan los héroes

Seis de los protagonistas de este logro atendieron el llamado de El Diario de Hoy, para conversar cómo vivieron esa clasificación histórica. Nos acompañaron el entrenador Mauricio “Pipo” Rodríguez, y los ex futbolistas “Guayo” Hernández y Ricardo Guevara Mora (arqueros), Miguel González y Mauricio “Chino” Quintanilla (delanteros), así como el recordado (y temido) zaguero de esa Selección, Ramón Fagoaga, una de las voces líderes de aquel equipo nacional.

Fagoaga, fiel a su carácter claro y directo, hace la siguiente reflexión: “Lo del 82 es para mí la gesta deportiva más grande que ha dado El Salvador. ¿Por qué? No hay país en el mundo que haya clasificado a un Mundial en una guerra. Es como si Siria clasificara ahorita”, compara. “Íbamos a jugar o entrenar en diferentes campos a nivel nacional, y en el camino encontrábamos cadáveres, cabezas puestas en los cercos. Eso pasaba en el país, de occidente a oriente, todo igual. Era terrorífico”.

El guardameta Hernández recuerda que “nos tocó vivir esa experiencia, yo viajaba todas las semanas a Santiago de María, y teníamos que ver experiencias duras de la guerra, cadáveres en la calle, tenías que detenerte en el vehículo porque había enfrentamientos. A veces te ayudaba uno u otro bando para poder pasar. Te conocían, nos conocían, y eso nos ayudó gracias a Dios a que no nos pasara nada”, comenta. “El equipo era como la pega, lo que unía, lo que solidificaba al país. Era la selección de El Salvador”, agrega Fagoaga.

Para jugar fútbol en medio de semejante tragedia, en el día a día, estos jugadores encontraron fuerza en aquellas personas que más sufrían: la gente. La afición en general. Los que encontraban en ellos un remanso de paz para no pensar en las balas.

Ricardo Guevara Mora, entonces joven guardameta, lo explica así: “A veces te preguntan cómo alguien puede concentrarse en un juego o una competición, cuando en tu casa vos sabés que se corre peligro de muerte, que en tu casa hubo enfrentamiento, cuando en tu casa hubo cualquier cosa producto del mismo conflicto. Al entrar (a la cancha), solamente cerrás los ojos, y ves a la gente que a través de ese sufrimiento fue a dormir al estadio con ley marcial, solamente amparados en sábanas o banderas blancas que improvisaban, durmiendo fuera del estadio. Los que venían de Oriente venían un día antes, pasaban aguantando hambre, solo para esperar a verte. Entonces, te surge un sentimiento, en respuesta a ese apoyo, más tu carácter curtido en esas circunstancias, te da una fuerza más allá de lo imaginable. Y eso te hace superar cualquier tipo de carencias”.

Superaban carencias… y nervios. ¿Se imagina ir a un entreno de fútbol, que su bus sea detenido por un retén (militar o guerrillero), y usted ve cómo reclutaban a la fuerza a jóvenes (veinteañeros como su persona) para cualquiera de los dos bandos? Muchos seleccionados de la época vieron eso. Vivieron eso. Atestiguar cómo se llevaban a muchachos como ellos a tomar las armas, mientras los seleccionados, por ser quienes eran, disfrutaban de una especie de inmunidad.

“Los retenes se daban mucho en Quebrada Seca, ahí siempre nos paraba la guerrilla cuando íbamos para Oriente. La guerrilla y la Fuerza Armada nos querían mucho, nos cuidaban de una forma excepcional. Más de alguna vez nos pidieron autógrafos y se tomaban fotos con nosotros”, cuenta Fagoaga. Fotos y autógrafos en lugar de reclutamiento forzado, porque estaban protegidos por el azul y blanco que defendían.

Planificar el trabajo de este grupo en medio de atentados, balaceras y muertos era una odisea para los entrenadores. “Pipo” Rodríguez trae a cuenta que “varias veces tuvimos que esperarnos media hora, una hora, a que se encendieran las luces, porque había habido una bomba que se había volado el flujo eléctrico, y ya estábamos por empezar un entrenamiento. Muchas veces tuvimos que esperar a los de San Miguel, que avisaban que venían tarde porque se habían quedado en un retén. También había dificultades de tipo económico, iguales o peores que las que hay ahora. Todo eso se superó con el ánimo que tenía el grupo de hacer historia”, subraya.

Como entrenador, Rodríguez tuvo un doble sufrimiento cuando llegó el nefasto 10-1 en contra frente a Hungría, en el durísimo debut en la Copa del Mundo de España 1982, en Alicante. Después del desastre en la cancha (primer dolor), a “Pipo” le tocó encarar “a 30 o 40 periodistas” (segundo dolor) en la sala de prensa, “y me comí algunas preguntas venenosas. Algunos periodistas estaban satisfechos y eufóricos porque nos habían ganado así, porque creían o nos identificaban con el bando que ellos no eran afines. Preguntas políticas, que les dije que estábamos ahí para jugar. Preguntas como ¿de qué bando venís? ¿quién te ayudaba y quién no? ¿quién apoyó o no a esta selección para llegar ahí? Eran preguntas políticas, no deportivas…”.

La política no entraba en la Selección. Era un factor que desunía al país, y que podía desbaratar la unión del grupo. Por eso Rodríguez no contestó a eso en la conferencia, como tampoco permitió que los factores ideológicos permearan en el grupo en toda la ruta clasificatoria. “Seguro había simpatías (por uno u otro bando, ejército o guerrilla), pero no era externado para el grupo, y eso permitió que estuviéramos unidos. Si no, hubiera habido pleitos seguramente”, dice hoy el ex seleccionador.

Pero hubo un momento en el camino en que el fútbol no pudo gambetear a la política. Ocurrió en 1980, cuando “se da un evento histórico”, recuerda Fagoaga, pues “paramos el campeonato de fútbol. Queríamos hacer la asociación de futbolistas de El Salvador. Pero se nos acusó a muchos que éramos del FMLN, o que la izquierda estaba queriendo que nos sindicalizáramos. Nos boicotearon, lo politizaron. El paro funcionó a medias, faltaron los apoyos. Algunos jugadores comenzaron a jugar, metieron a las reservas de los equipos para jugar, y comenzar el campeonato como tres fechas posteriores al inicio”. El intento de asociación de futbolistas no prosperó. Hasta el día de hoy, no existe tal institución en nuestro país.

“Guerrillero muerto de hambre”

Panameños, guatemaltecos, hondureños, mexicanos… todos intentaron ocupar el conflicto en El Salvador a su favor. Jugar con la mente de los futbolistas cuscatlecos, ocupar como arma psicológica la muerte que cubría nuestro país. Pero no funcionó. Fue al contrario.

“Nos temían por la guerra, no al revés”, dice hoy Fagoaga. “Hablando no nos ganaba nadie, éramos excepcionales en eso”.

Hugo Sánchez, el enconado delantero mexicano del Real Madrid que no pudo anotarle a El Salvador en la hexagonal de 1981, se dedicó a insultar a Fagoaga en el partido. “Guerrillero muerto de hambre, yo en cinco minutos gano lo que vos a ganar toda la vida”, cuentan los ex mundialistas cuscatlecos que dijo el atacante azteca. Fagoaga le contestó “sí, yo no voy a ganar lo que vos vas a ganar nunca, pero aquí te vas a morir, te voy a bajar los huevos”.

Pasó ante México y en otros partidos. “Nos decían guerrilleros, y les decíamos ‘sí y qué pues, ahí te vamos a ir a buscar, esperate que termine el partido, ya sabemos en qué hotel estás, ya te vamos a ir a pegar un tu susto’. Así nos decían, pero no nos quedábamos callados”, recuerda el ex atacante Mauricio Quintanilla.

Por eso fue tan satisfactorio darle esa alegría al país, a pesar de tanta adversidad. Cuando los jugadores, aquel 21 de noviembre de 1981, se dieron cuenta que la combinación de resultados los llevaba al Mundial, estallaron en júbilo en sus casas, donde cada bien había visto-sufrido el partido de Honduras con México. “Nos convocaron al hotel Siesta. Cada quien en su casa había zocado el partido a su manera. Al terminar el juego todos totalmente felices y nos comenzamos a llamar. Cuando la gente se dio cuenta, llegó al hotel, un gran gentío, esa misma noche, taparon el hotel y la calle también”, recuerda el meta Hernández.

Ese orgullo, ánimo y valor de grupo les acompañó en toda la ruta. En el hexagonal y también, incluso, en el horrible 10-1 ante Hungría.

Sin embargo, fue duro para esta Selección volver a casa. Habían ido a un Mundial a representar a un país que sufría. Habían sido pegamento, oasis, trinchera y escape. Incluso habían logrado que no hubiera enfrentamientos cuando la Selecta jugaba. “Medios de ese tiempo, que llevaban estadísticas del conflicto, se dieron cuenta que las bajas y las víctimas en esos días disminuyeron, a simples accidentes de tránsito o muertes naturales, no provocadas por el conflicto”, recuerda el propio Guevara Mora, sobre los días en que jugó la Selección.

Pero la paliza de 10-1 los marcó para siempre, algo que coinciden en marcar como injusto.

“Se nos estigmatizó. Con un resultado atípico, anormal, en el que el equipo no jugó de la manera como siempre lo hacía. Se olvida que después hicimos dos grandes partidos ante Bélgica, que era subcampeona de Europa, y con Argentina, que era la campeona del mundo, con un penalti raro que nos hicieron, a pesar de que a Norberto le habían hecho un penalti bien clarito, y no lo habían marcado. El resultado ante Hungría cortó la carrera de muchos, incluyendo la mía como entrenador”, explica hoy “Pipo” Rodríguez.

Guevara Mora, señalado por la paliza ya que era el guardameta, vivió duros momentos. “He sido el que más insultos recibió. Caminar por la calle era un peligro inminente. Me ametrallaron el carro, me hicieron cualquier cantidad de cosas. Pero todos tuvieron la valentía de seguir (en el fútbol), aun en esas circunstancias. Eso solo te remarca que ese valor es irrepetible”, explica “el Negro”.

Por eso Fagoaga cierra con la reflexión inicial: “fuimos al Mundial en medio de la guerra, la tristeza más grande que he vivido en mi país. Lo bueno de los Acuerdos de Paz es que la guerra terminó, pero las vivencias que tuvimos como Selección, eso es irrepetible. Clasificar en esas condiciones es algo único, para mí, la gesta deportiva más grandiosa que ha dado El Salvador”. Y concluye con un pensamiento final, compartido por sus compañeros: “Decidí quedarme en El Salvador para ver si lo reconstruíamos, pero 25 años después nos damos cuenta que, en lugar de avanzar, hemos retrocedido”.

Mario Surio