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El fotógrafo sabe que tiene poco tiempo

La fotografía que contó al mundo que El Salvador alcanzó su paz

Pudo ser cualquier foto, pero fue la suya la que vistió la portada de periódicos alrededor del mundo. Francisco Campos no lo sabía, pero un error en el revelado le ayudaría a ser uno de los mejores mensajeros de la paz en El Salvador, al tomar la imagen que inmortalizó la fiesta popular en la plaza Gerardo Barrios aquel 16 de enero de 1996.

Raúl Benítez

El fotógrafo sabe que tiene poco tiempo

Foto: Marvin Rodríguez

Campos mira su reloj. Falta poco para las 11:00 de la mañana. En los últimos años de la guerra, y los primeros después de esta, trabajó para la Agencia Francesa de Prensa (AFP). El fotógrafo sabe que tiene poco tiempo. Al mediodía debe entregar un paquete de imágenes para distribuir en los principales periódicos de Europa. La noticia es importante, pero no puede luchar contra la hora de cierre.

Es la segunda vez que Campos llega a la plaza. Desde la mañana había disparado varias veces su Nikon N8008S y había conseguido varias imágenes ya. Es e día la AFP había coordinado que tres fotógrafos dieran cobertura periodística a la fiesta por la firma de los Acuerdos de Paz. El documento se rubricó en México, pero los cantos y vítores se dieron el corazón de la capital. Fue así como los actos quedarían a cargo del fotógrafo chileno Pedro Ugarte y de Campos, y se encomendó a Yuri Cortéz la celebración guerrillera en el cerro de Guazapa.

Después de cumplida la asignación subió a su motocicleta vespa y se dirigió a la oficina. Lo acompañaba su material y el de Ugarte, dos rollos fotográficos por persona, material suficiente para narrar el evento. La confianza era grande y el tiempo sobraba, apenas eran las 10:00 de la mañana. Tomó los carretes y entró al laboratorio. Introdujo el material de Ugarte y el suyo en el tanque y empezó con el proceso, colocó los negativos en uno de los químicos. Al momento notó su error. En lugar de usar el revelador ocupó el fijador y dañó toda la película. El trabajo de toda la mañana se había perdido en un instante.

Campos acababa de cumplir 39 años para cuando llegó el cese al fuego, y tenía ya casi 20 de disparar con una cámara fotográfica. Su primer trabajo fue en una fábrica de estructuras metálicas, en la que llegó a ser jefe de control de producción. Aprovechaba los fines de semana para colaborar con los retratos para una revista institucional.

Sus primeras obras publicadas distaban de las imágenes dantescas de la guerra que ayudaría a visibilizar años después; pero las fotos de los torneos del fútbol y los cumpleañeros del mes le ayudaron a expandir su visión.

Tenía un buen trabajo, pero pronto lo abandonó para dedicarse al periodismo. Dejó un empleo en el que ganaba, a principios de 1980, 900 colones (103.14 dólares) por 200 colones ($22.92). Fue una locura, pero fue en este nuevo oficio donde encontró dos de sus grandes amores: la acción y la fotografía.

Esos primeros pasos en la prensa, y su activismo en los Comandos de Salvamento, lo acercaron a la realidad nacional y de ahí saltó a los medios y luego a la agencia francesa. Lo demás es historia.

Volvió a ver el reloj y aún tenía una hora, empezó a ordenar todos los químicos, alistó su equipo, cabalgó su vespa y regresó a la plaza Barrios.

No recuerda si entró al lugar por la calle Rubén Darío o por la Avenida España, solo que ya estaba frente a la tarima ubicada en la fachada del Palacio Nacional. Sobre ella tenía una vista más clara de los festejos en el parque, así que subió.

Campos relata que siempre se acerca poco a poco a las escenas que retrata y que, sin darse cuenta, ya está en medio de todo. Así fue también en esa ocasión. Un grupo de mujeres danzaba delante. A sus pies habían unos canastos. Las bailarinas terminaban sus movimientos con un ofrecimiento al público, luego regresaban a sus cestas. Pronto entendió la situación, confió en su instinto, tomó su cámara y esperó. En 1992 aún no era popular el equipo fotográfico digital. Su cámara, aún de película, era limitada al número de cuadros de cada rollo, por lo que se veían en la necesidad de contar cada imagen. La costumbre era que al llegar a las 25 exposiciones, de un carrete de 36, cambiaban al siguiente. Ya tenía 24 y estaba al límite, pero se mantuvo firme para no perder tiempo.

Las mujeres tomaron unas palomas que guardaban en los canastos, era el momento y disparó. La Nikon N8008S que utilizaba tenía un motor de arrastre que disparaba ocho cuadros por segundo. En ese clic atrapó el instante en el que las aves alzaron el vuelo, representando el símbolo universal de la paz. Campos sabía que tenía la foto. Volvió a ver hacia el público y ubicó a Ugarte, corrió y le pidió su material, volvió a subir a la moto y regresó a la agencia.

Tanta era su confianza con sus últimas fotografías que, al pasar por el parque Infantil, se detuvo para gastar las últimas cuatro exposiciones.

Una vez reveló los negativos, esta vez con los líquidos correctos, se sintió satisfecho con la estampa frente a la catedral. Decidió bautizarla como “Dos mujeres sueltan palomas”, un nombre sencillo y descriptivo. “Esta es la foto”, se dijo. La marcó de la tira de cinco cuadros y decidió escanearla a color; esto porque consideró que era la lámina más simbólica del evento. Revisó el resto del material y preparó para enviar. De los festejos del 16 de enero solo envió 12 fotografías, cuatro por cada fotógrafo.

Campos dice que en AFP aprendió a escoger bien el material, pues sus jefes, en su mayoría franceses, siempre fueron selectivos. Esa noche se fue a la cama pensando en que fue una buena cobertura. Ahí terminó la jornada, pero no la historia de la imagen.
Al día siguiente buscó los teletipos, un antiguo dispositivo telegráfico de transmisión de datos, con el que se enviaban las noticias a los medios de comunicación, pero que también servía para dar retroalimentación a los equipos periodísticos.

Campos encontró varios mensajes, entre ellos la felicitación de Maria Mann, directora de fotografía para las Américas en la agencia. “Querido Francisco. Me desperté con la agradable sorpresa de ver tu fotografía en el Washington Post y el New York Times; lo más maravilloso fue cuando llegué a la oficina y vi que habíamos dominado (como agencia) en el mundo)”.

Dos mujeres sueltan palomas

Dos mujeres sueltan palomas / Foto: Francisco Campos / AFP

La foto fue la portada en decenas de periódicos alrededor del mundo, y relegó el acto oficial, celebrado en México, al interior de estas publicaciones. Campos cree que su éxito se debe a que no ilustraba una mesa y una firma, sino la alegría de todo un pueblo que se despertaba después del conflicto. “Después de tomar fotos de muertos durante 12 años, anunciar la paz es algo que me llenó de satisfacción”, confiesa emocionado.

No la considera como su mejor trabajo, para él a la imagen le falta un poco de vida en el público. Cree que tomó mejores instantáneas durante la guerra, pero la escena de las dos mujeres en el centro de San Salvador es, sin duda, la que lo llena de satisfacción.

Mario Surio